Recuerdo que antes, hace dos años quizás, la mayoría del tiempo mis ex compañeros de curso no perdían oportunidad para burlarse de mi, de mis gustos, de mis ideales. Me excluían y me sometían a humillaciones terribles. Lo peor es que a veces no eran solamente mis compañeros, los profesores también se unían, haciéndome pasar momentos que evoco de una manera dolorosa. Esos años fueron un infierno terrenal, un infierno que me quemaba y destrozaba mi carne, que consumía mi mente con lentitud, saciando su hambre con mi pena, con mis heridas que poco a poco fueron cicatrizándose. Siempre cuando podían me llamaban loca, "la loca que es fan de un -inserte insulto aquí-", en clases me gritaban insultos, en la escalera. En una ocasión una "amiga" mía me obsequió un lindo conjunto de palabras hirientes, humillantes. Fue tanto que callé, como siempre lo hacía, guardé silencio. No dudé en sentarme en otro puesto donde tampoco fui bien recibida, como si se tratase de una plaga, y me senté a llorar. Compartía mis sollozos con el silencio, con alguien invisible que entendía mi sufrimiento, que me ayudó a no encerrarme en mi misma, ya que eso me conduciría a un camino aún más horroroso.
Y sin notarlo, cambié.
Esas humillaciones ya no son más que remembranzas insignificantes que ya no me lastiman. Soy fuerte, y me siento orgullosa de mí misma, de la música que escucho, de mi personalidad, a pesar de que cometo un sinfín de equivocaciones. No sigo masas, no sigo modas. Soy como soy.
Adoro ser loca.
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