viernes, agosto 19, 2011

Contestadora de primera.

Sí, yo soy una contestadora de primera. Extrañamente, no siempre he sido así. Durante este año he adoptado nuevas características que me hacen, de algún modo, inconfundible entre mis conocidos, una de ellas es sin duda alguna la habilidad para replicar a mis mayores, aunque con la diferencia que mi lado lleno de insolencia aparece cuando lo es necesario. Muchas veces ha sucedido así en el liceo, cuando he tenido la "grandiosa" idea de contestarle a algunos profesores que se han pasado de la raya, que se creen con derecho a humillar a los alumnos por su profesión. Afortunadamente, mi imposibilidad de quedarme callada no me ha traído grandes problemas; sin embargo, no me fío de mi suerte. Para contestar soy respetuosa, mas, las víctimas pueden notar como mi voz se torna sarcástica y el respeto pasa a ser actuado. No puedo evitarlo. Soy de carácter fuerte e increíblemente impulsivo. 
Esas situaciones me han ocurrido ya tres veces. La primera fue con mi profesora jefe —Sí, ¡soy tan inteligente!—, con la cual desde el primer día tuvimos una relación inestable. Las únicas ocasiones en que ella se llevaba bien conmigo era cuando obtenía calificaciones admirables o me destacaba en algo especial. Las otras, simplemente le ignoraba, ignoraba sus intentos de hacerse la cariñosa, la muy cínica. Yo soy así, si alguien no me cae bien, no lo oculto. Por eso odio la hipocresía que presentan muchos de mis compañeros. La segunda fue con mi profesor de coaching —vayan ustedes a saber qué demonios es eso—. Él me insultó desconfiando de mi palabra, pensando que me estaba copiando de unas amigas mías, cuando yo lo único que hacía era ayudarlas en una tarea. "Profesor, le agradecería que no dijera cosas que no sabe". Esas fueron mis palabras, las que escaparon repentinamente de mi boca. No me gané más que una mirada fulminante. El muy estúpido a los días después se hacía el simpático conmigo, saludándome en los pasillos. Yo, por supuesto, pasaba de él. Jamás caeré en sus juegos hipócritas. 
La tercera fue mejor. El profesor no se enfadó, al contrario, me prometió que yo no tendría problemas con él por mi "comportamiento ejemplar" —estar leyendo en silencio, sentada en mi pupitre como debe ser, mientras los gorilas de mis compañeros gritaban, corrían por la sala y se lanzaban bolas de papel—. 


Ahora conocen un poco más de mí. Ya saben, ¡escojan muy bien sus palabras! :P 

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