Empezaré con un cuento que a primera vista me pareció muy simple, sin embargo ahora es uno de mis favoritos, y uno de los mejores recuerdos del 2011. Lo escribí primero para una tarea de lenguaje, luego mi profesora insistió en enviarlo a un concurso llevado a cabo por la Universidad de Playa Ancha. Fue una espera bastante larga. Los resultados habían sido pospuestos, fechados para la próxima semana, luego la siguiente y así. Finalmente, los entregaron. Había ganado el tercer lugar, una felicitación de la cámara de diputados que descansa en mi cómoda y un espacio para mi cuento en el libro del concurso. Es la diferencia entre mi participación en los concursos programados por mi liceo y esto. Le tengo un cariño muy especial.
Tan sólo
un disparo.
Como siempre, me levanté temprano por la mañana. Miré por la ventana
de mi habitación y esbocé una sonrisa. Era el día perfecto para salir de caza.
Luego de haberme vestido y desayunado, bajé por las escaleras de madera hacia la sala de estar, donde estaban todas mis escopetas y claro, los premios que había conseguido gracias a ellas.
Me acerqué a la repisa, buscando detenidamente la escopeta adecuada. Tenía el presentimiento de que ese día sería especial.
Agarré una entre mis manos. Era mi compañera. El arma que me había hecho el gran cazador que era. Mi sonrisa se ensanchó.
Ya listo, abrí la puerta. El viento acarició suavemente mi rostro, a la vez que también alborotaba mi corto cabello castaño. La emoción recorría cada parte de mi ser.
Caminé hacia el bosque más cercano. Aquel bosque que casi era mi terreno. Allí la mayoría de los animales me conocían, sabían quién era, o por lo menos, eso deducía por su reacción típica al verme: salir corriendo con espanto.
El pasto crujía bajo mis pies. El silencio reinaba en el bosque. Era tan
silencioso que no me era necesario tanto esfuerzo para oír mis latidos. Respiré
hondo.
Lo ví. Grandioso, impecable. Se acercaba hacia mí con ese caminar
elegante, tan característico. Al parecer, no me conocía, porque se veía
decidido. No titubeó en ningún instante. Ni yo tampoco. Era ahora o nunca.
Le apunté con la escopeta. Él comenzó a alejarse de a poco. Mi dedo
tocó el gatillo aún sin apretarlo. Sin embargo, no duré mucho de esa forma.
El disparo resonó por todo el lugar. Después de unos segundos, fue
reemplazado por un golpe en seco, avisándome que había dado en el blanco.
«Zorro Chileno» susurré, orgulloso. No cabía duda de que mi sala de estar se vería
estupenda con su cabeza.
De repente, más zorros chilenos se
acercaron a mí. Quizás venían a vengarlo. Los analicé con la mirada, no eran
muchos. Sería como quitarle un dulce a un bebé, así de sencillo.
Fue rápido. Cuando miré al frente, sólo
quedaba uno. No era un zorro adulto. Volví a levantar el brazo con la escopeta
y le apunté. Pensé que sería igual de veloz que la vez anterior. Pero mi
pensamiento era equívoco.
Me quedé helado. Mi sonrisa se había
extinguido. Estuve así durante bastante tiempo, dudoso.
Quedaba poco. Sólo faltaba un disparo y todo llegaría a su fin. Un
disparo, nada más. Pude hacerlo millones de veces, ésta ocasión no sería la
excepción.
No lo logré. Ni siquiera fui capaz de apretar el gatillo. Lancé el arma al suelo y mi cuerpo le siguió, chocando contra el pasto seco del bosque.
Inhalé con cierta dificultad. Mis latidos cada vez se hacían más dolorosos. No sólo le quité la vida a unos pobres seres por diversión. Les arrebaté a su familia.
Estuve a escasos centímetros de asesinarle, no obstante, la imagen del
pequeño zorro gimiendo con tristeza y mirando a sus familiares desangrados fue
más fuerte. En ese instante, una pregunta que marcaría el fin de mi cruel
pasatiempo se formuló en mi mente.
¿Qué pasaría si
tú fueras el pequeño zorro y te quitaran a toda tu familia, te quitaran todo lo
que tienes por puro placer, por pura diversión?
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Solían hacerlo casi siempre, pero
esa vez no eran de alegría. Me sentía avergonzado, asqueado de mí mismo, de mis
acciones y de las demás personas que eran como yo, que eran así de despiadadas,
de insensibles, de repugnantes.
Me levanté del suelo, observando mi arma con odio. La abandoné allí,
en el bosque que solía ser mi terreno. El terreno de un ser despreciable.
Seguramente al llegar a casa haría lo mismo con el resto de las escopetas.
Me dí media vuelta y salí corriendo como un cobarde.
Desde ese día, no volví a cazar más. Sin embargo, no me deshice de mis
“premios”, ya que durante el resto de mi vida, ellos me recordarían el ser
asqueroso que fui.
Fin.
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