La lluvia cae lentamente, calándome hondo.
Cala mi ser con crueldad,
igual como tus lágrimas lo hicieron anoche.
No me di cuenta del daño que causé.
Ahora me arrepiento, me arrepiento inmensamente.
Tus promesas son látigos que quedan marcados
en mi piel, en mi piel repugnante, testigo de tu dulzura.
No volverás, gritaste. ¿Ni aunque muera de dolor regresarás?
Tu nombre jamás ha dolido tanto.
Tu perfume me es necesario como el oxígeno.
Y tu voz, como la llave perteneciente a mi
inmunda celda de penurias, donde en las penumbras descanso.
Te llevaste mis sueños contigo, en aquel bolso
donde guardábamos nuestros recuerdos.
Donde yacen las pruebas de que sabía sonreír.
Sonreír, antes de que te fueras.
Me acerco a la ventana donde nos dimos el primer beso
y la última mirada. Donde nuestro amor se transformó en cenizas
que no renacerán como el ave fénix.
La lluvia cae lentamente, y tú aún no regresas.
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