Uno de los grandes problemas humanos es el no detenerse a pensar en lo que se está diciendo. Escupimos frases, opiniones, algunas sin sentido, otras increíblemente ingeniosas, y las que quedan, hirientes. Eso, sin darnos cuenta. Porque no todos se proponen a envenenar palabras. Y eso es lo que, de algún modo, desilusiona. Hasta a los que más queremos, dañamos. Nos creemos con derecho a todo, cuando la verdad no puede ser más lejana, más distinta. Sí, sé muy bien lo que es "La libertad de expresión", aquella dichosa, a veces desgraciada enemiga. Pero nos aprovechamos, simple. Las cosas no siempre hay que dejarlas salir, o hay que comentarlas con suavidad, con "adornitos", como dicen. Todas las opiniones son respetables y, de hecho, deben ser respetadas, pero existen límites. Límites muy marcados, bastante visibles.
Soy una persona de sentimientos frágiles, lo admito. Soy sensible, y muchos temas del pasado continúan lastimándome todavía. Las burlas, los gritos despectivos, las mentiras, todo. Todo lo que llegué a vivir, todo a lo que sobreviví. Sólo con un pequeño recuerdo, con una pequeña bromita alusiva, es posible romperme el orgullo. Trizarlo de manera despiadada. Y duele, aunque muchos de ellos no lo crean, duele.
Porque duele ver a tu madre llorar mientras te abraza, mientras pregunta el por qué no nos dejan en paz. Porque duele ver a tu mejor amigo, a la luz de mi vida, triste, al saber todo lo que haz pasado, porque él ha sido una de las pocas personas que me ha acompañado siempre. Porque duele ver a tu hermana mayor furiosa, deseosa de protegerte. Porque duele que te griten: "rara" en mitad de la clase, y que la profesora lo permita. Pero muchísimo peor es que la profesora, una docente, haya comenzado todo eso. Se haya burlado de tí por una estupidez, y te haya humillado en clases. Aunque digan: "Ignóralo", duele.
Fuí herida. En lo más profundo, sigo herida. ¿Por qué no lo oyen? Un corte demora en cicatrizar.
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